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22 de julio de 2015

“A mis 64 años me siento orgullosa de haber elegido ser trabajadora sexual”

Charla con una de las fundadoras de AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina) sobre los estigmas del oficio y la persecución de la década del 80.

Por: Alexandra Sánchez Hernández
Prensa Ammar

María Cristina es chilena. Llegó a Buenos Aires a los 18 años a trabajar en el servicio doméstico. Un día la familia con la que trabajaba se fue al extranjero y ella se quedó en Argentina. Desempeñó otras labores de limpieza y cuando estaba por cumplir 20 años decidió ser trabajadora sexual. Iba caminando por la calle y un hombre en un auto le murmuró una invitación a salir, ella le dijo que sí pero le puso un costo. “Te vale tanto”, le respondió. Así se inició y siempre trabajó en la vía pública. Estuvo en todas las zonas de Capital Federal: Flores, Constitución, la zona 40 y la zona 38.

Sus hijas son gemelas, una es Administradora de Empresas y la otra Veterinaria. Cuando les contó que era trabajadora sexual, ellas le dijeron: “Ya lo sabíamos mamá y te amamos más que nunca”. Hoy María Cristina tiene 64 años y se retiró del trabajo sexual, creó un taller de costura donde fabrica acolchados, toallas y toallones que distribuye en hoteles del interior de Argentina. Fue una de las fundadoras de la organización que hoy se conoce como Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina AMMAR.

¿Qué significa para ti ser trabajadora sexual?
Yo diría que nadie me obligó a ser trabajadora sexual, elegí serlo por mis propios medios, pero no por eso tenían derecho a atropellarme de la manera en que lo hacían. Detrás de cada trabajadora sexual, antigua o nueva, hay una familia que mantener. Nadie trabaja para comprarse unos tacos altos, joyas o un mundo de ilusiones, hay hijos y queremos lo mejor para ellos, que estudien y sean profesionales. Toda trabajadora sexual lleva un algo. Todas tenemos una historia.

¿Cuál es la visión que tienes del cliente en el ejercicio del trabajo sexual?
Para mí, el cliente es mi empleado, yo soy la patrona. Yo decido hacer esto y lo otro de acuerdo a lo que a mí me corresponde y si viene con alguna imposición, no se lo voy a permitir y no lo permití nunca. Él está pagando un servicio y va a actuar de acuerdo a lo que yo decida.

¿Qué opinas de las relaciones de dependencia?
No me gustan los proxenetas. Cuando veía que a una compañera la querían apurar para sacarle unos pesos ofreciéndole protección, le decía no te metás en ese verso, hacé la tuya y aprendete a defender.

¿Cuáles eran los principales problemas que enfrentaban las trabajadoras sexuales en los 80 en Capital Federal?
Cuando nos pescaban con el cliente nos llevaban 21 días presas. Nos trasladaban al departamento de policía y de ahí a un asilo. Nos pegaban. En esa época estaba el famoso Turco que no sé si está vivo o muerto. Ya no debe existir porque era un hombre grande en ese entonces. Él te subía al coche a las trompadas limpias. Te lastimaba y todo quedaba dentro de la institución. La primera vez que te llevaba lo hacía por tres días, la segunda por 15, la tercera eran 21. Llegábamos al asilo todas desfiguradas, no solo yo, sino un montón de compañeras. A veces pasábamos una semana y quince días sin ir a la casa donde vivíamos porque salíamos de la comisaría y volvíamos presas a la media hora, era una persecución total. Hoy a mis 64 años, afortunadamente estoy coherente y bien de salud pese a haber recibido tantos golpes.

¿Qué papel jugaba el asilo?
El asilo era la continuidad de la prisión. Estábamos 5 días en la comisaría o en el departamento de policía y luego nos mandaban al asilo hasta completar 30 días. Cuando llegábamos, las celadoras eran sotas señoras dueñas de nosotras, querían atropellarnos, pegarnos, castigarnos. Nos mandaban a bañar con agua fría. Recibíamos muchas humillaciones. Recuerdo que todas teníamos nuestra respectiva cama chiquitita en una sala amplia, pasábamos hambre y frío adentro, pero nos ingeniábamos con alguna compañera que había quedado afuera para que nos llevara los paquetes y así podíamos comer, cocinar.

¿Tenían la posibilidad de denunciar ante alguna institución?
No teníamos amparo de nada. Nadie nos ayudaba, la policía era dueña y patrón de nosotras y más de mí porque yo plata no les daba. Imagínate, yo darle plata a la policía, ni ahí. Y más yo que venía de sufrir hambre, pobreza, todo, a mí no me sacaban una moneda, que me dieran los 21 días si me agarraban con cliente.

¿Cómo empezaron a organizarse?
Cuando yo estaba en Constitución encontré a una abogada y a unos asistentes sociales que nos hablaban de derechos humanos. Me puse a escucharlos, ellos nos decían “ustedes no conocen sus derechos y se los vamos a enseñar para que esto no ocurra con la policía”: los vejámenes, las torturas, todas esas cosas. Fui a Flores y le dije a Elena (Elena Reynaga, actual secretaria ejecutiva de la Red de Trabajadoras Sexuales de América Latina y el Caribe RedTraSex), mirá Elena, convendría reunirnos con ellos para no sufrir más. Nos están matando a palo, nos quieren sacar la plata, nos están llevando continuamente, tenemos que hacer algo. Le dije, por ahí nos va bien y podemos organizarnos, ¿qué te parece la idea? Me respondió “bueno, vamos a hacerlo” y así fue como iniciamos Ammar (Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina). Empezamos a conocer nuestros derechos y ya la piloteábamos y la peleábamos un poco más. Dónde terminaban los derechos del comisario y de todos esos vigilantes empezaban los nuestros.

¿Qué hicieron para convocar a otras trabajadoras sexuales?
Algunas chicas no creían pero a mí sí porque era muy buena con todas. Por suerte a mí me escuchaban y así las fui juntando. Junté toda la zona Flores, la zona 40 y la zona 38. Andaba por todos esos lugares buscando chicas para armar la organización y tener más fuerza para ser escuchadas, reunía en las esquinas a 20 30 compañeras y les hablaba de Ammar. No podíamos seguir permitiendo que nos maltrataran tanto, que nos coimearan. No le habíamos pegado a nadie, no habíamos matado a nadie ni robado, no teníamos esa costumbre; nosotras trabajamos con nuestro cuerpo, además el que quiere salir sale, no lo llevan de los pelos. Si el hombre sale es porque quiere, ¿me entendés?

¿Cuáles eran las principales estrategias de movilización?
Hacíamos marchas a la legislatura, yo tocaba los bombos. Fue muy sacrificado porque a veces estábamos bajo la lluvia pero no nos importaba. Yo les decía a mis compañeras ¡Sigamos adelante que tenemos que ser libres! Ustedes tienen que pensar que vivimos presas, sigamos adelante que vamos a ganar.

¿Durante las manifestaciones se cubrían el rostro?
Jamás me tapé la cara, no me avergüenza ser trabajadora sexual. Me siento trabajadora sexual, me siento sociedad. Había chicas que se ponían una máscara, no le veo el motivo. Yo les decían que no se sintieran discriminadas porque nosotras tenemos tantos derechos como cualquier otra mujer.

¿Cómo era la relación entre compañeras en cada zona?
Nos conocíamos todas. La relación conmigo era buena, todas me re querían. Yo era muy buena compañera, si había chicas que no tenían para la multa, yo la pagaba. Cuando alguna terminaba en la Comisaría por segunda vez, me cambiaba de ropa, me iba para allá y pedía hablar con el Comisario. Le decía: la chica está embarazada, salió, estuvo una hora afuera y otra vez está adentro por una contravención que según ustedes la aplican porque somos prostitutas. Nosotras somos trabajadoras sexuales. No le hacemos daño a nadie. Me contestaba: “Ay María Cristina, ya vino usted a llorar la carta”, A ver, fulana que se vaya. Me la llevaba.

¿Qué logros destacas del proceso organizativo que llevaron a cabo?
Recuerdo que cuando llegamos a la Central de Trabajadores Argentinos CTA nos sentimos las más grandes del mundo, ¡wau! En ese momento estaba como titular el doctor Víctor de Gennaro. Él nos recibió, nos abrió las puertas. Después de tanto pelearla, estábamos dentro de la CTA y logramos los vetos en la legislatura. Conseguimos sacar el edicto policial que permitía que nos encarcelaran, ¡basta! No fue en vano la lucha, ganamos los edictos policiales y ya no nos llevaban presas.

¿Después de estos logros cómo fue tu relación con Ammar?
Por tiempos me alejaba, viste, estaba un año, dos años sin trabajar, me dedicaba a otra cosa. Después volvía, a mis 64 años me siento orgullosa de haber elegido ser trabajadora sexual, llevo a Ammar en mi corazón. ¡Yo la amo! (lágrimas) Soy un poco sensible, pero porque me acuerdo de tanto sufrimiento, de todo lo que nos pegó la policía. Ese recuerdo es muy duro, muy escalofriante. Sigo visitando la organización porque cuando fuimos libres fui la persona más feliz. Yo sabía que lo lográbamos, me sentía muy segura donde estábamos paradas porque antes no conocíamos nuestros derechos y cuando vos empezás a conocerlos dices, ¡wau!, me puedo defender.

¿Qué piensas de los pasos que ha dado la organización desde sus inicios hasta hoy?
El proceso que sigue Ammar es muy bueno. Hoy estoy retirada pero me gusta frecuentar y aportar cada vez que pueda para bien de mis compañeras nuevas. Me gusta hacerlo porque no quiero que pasen lo mismo que nosotras las mujeres grandes. Es importantísimo hablar con las chicas, concientizarlas frente a la importancia de estar organizadas, porque Ammar es nuestra madre y nuestro padre, yo lo siento así y quiero que mis compañeras nuevas lo sientan igual. Que sepan que no están solas, que tienen a Ammar y a Geor [Georgina Orellano, actual secretaria general de Ammar] que es re compañera, humilde, macanuda, defensora de las trabajadoras sexuales, preocupada. Está haciendo un muy buen trabajo.

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